EL TALLER IMAGINISTA
FRAGMENTO DEL LIBRO "TAU"
El taller imaginista.
Lienzos, estampas y manifiestos.
Leonardo Da Vinci
Pinturas. Policromías. Paisajes telúricos.
Como un actor que se adentra en la tramoya, Tristán apartó con la mano una tela negra corredera y entró en el atelier, caverna luminosa en la que a menudo se había dedicado a ensayar su peculiar arte rupestre; un taller anamórfico que cambiaba de apariencia según el modo en que se observara. Caótico y abigarrado, excesivo, si se veía distraídamente, sin detenerse, con rumor de tarabillas en la mente. Luminoso e irisado, bañado por la luz horizontal, si uno se sentaba en silencio y lo miraba mientras la tarde moría lentamente, como un alud de color a través del prisma de los grandes vitrales. O mágico y legendario, romántico, como en aquel mismo instante, cuando la luna blanqueaba los objetos, añadiendo densos goterones de tinta negra a las sombras. Junto a la cristalera había una mesa blanca de dibujo, en posición oblicua, como un panel solar: amplio caballete en el que cabalgar la policromada quimera del Arte.
Tristán fue siempre un pintor lego, dibujante rústico, geómetra profano, artista del hambre. Practicaba el arte povera; montaba los lienzos con materias de rechazo: tablas, listones, contraventanas, viejos marcos ... On est artiste avec ce qu’on trouve ... Y guardaba, atesorados en una vieja caja de vinos: botes de tinturas de distintos tonos —albayalde, lapislázuli, malaquita, rejalgar, oropimente, cochinilla, barro, carbón— y frascos de cristal molido, limaduras de plomo y de nácar, tubos de óleos arrugados, brochas hirsutas y delicados pinceles chinos, una barrita de tinta negra y otra roja, rollos de lienzo y papel grueso.
La Sala de las Imágenes ... Sir Tristram ... taller donde soñaba con hallar el secreto de los pigmentos duraderos ... la persistencia de la memoria ... donde fraguaba en largos insomnios su propio mundo especular ... scènes mignons ... en busca de una nueva refracción desconocida ...
Las paredes del taller estaban tapizadas como aquellas salas de coleccionistas que muestran algunas pinturas del Barroco: estancias llenas de cuadros colgados, encajados unos con otros como píxeles. Un estampario de coloridos recuadros: tarjetas y reproducciones, fotografías y recortes de revistas, bocetos y dibujos, grabados y calcomanías, acuarelas y fotogramas. Este fue el retablo de imágenes que decidió mantener a salvo del inminente traslado, junto con algunos lienzos, en una gran carpeta negra, pues le servían de ilustración a cada uno de los episodios que estaba escribiendo:
Sobre la mesa, una piedra aún lustrosa, refractando los tonos del arco iris, y un bloc abierto. Cuaderno de artista. Notas sueltas y acuarelas vagas, fichas con citas transcritas ... “Aullido de colores crispados, entrelazamiento de los contrarios y de todas las contradicciones”... viejos esbozos, hollín de los años ...
En la última página, un código estético, impreso en cambiantes tipografías dadaístas:
MANIFIESTO DEL QUIETISMO ESTÉTICO
(enlace)
Y debajo de estas máximas, una rara rúbrica acróstica, de grafía enzarcillada: N’artist Atzar.
Entre tantas imágenes, Tristán se sentía en un laberinto de espejos irisados ... El color es el teclado ... cada reflejo tañía calladamente una fibra de su interior ... Los ojos son las macetas ... paisajes de la emoción ... El alma es el piano con sus múltiples cuerdas ... recuerdos replegados en colores, criptocromatismos ... El artista es la mano que toca, pulsando una u otra tecla, para hacer vibrar a las almas ... alburas de la nieve extendida como un lienzo virgen; índigos de los mares de la infancia y los viajes; verdes de los pastos de Eire y de Aldarán; naranja de las llamas acariciantes; ocres de la arena mojada de las playas; malvas y violetas de tantas saudades; oros de los soles que bañaron cuerpos desnudos; negruras de la noche que se había colado ya por las ventanas, como una sombra de cera líquida.
Nueve campanadas resonaron en el silencio del valle. Un graznido.
Christian T. Arjona


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